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Criando hijos en el siglo XXI

Sixto Porras

Cada día es mayor el énfasis que el ser humano pone a ciertos atributos para asignar valor a sus congéneres. Aún cuando Dios a otorgado a todo ser humano valor infinito, el “valor” humano se “etiqueta” de acuerdo a ciertas características. El “valor” que se asigna, o lo que es lo mismo, la aceptación social que gozan las personas, dependerá de si reproducen o no estas características. Así, las personas hermosas, las muy inteligentes, los atletas destacados, o quienes tienen muchas posesiones materiales, serán más valiosos que aquellas personas que no poseen ninguna de estas características.

Un niño, desde muy temprana edad, es capaz de percibir el valor personal que se le asigna, cuando es sometido a esta escala de valores. Cuando el niño no reúne ninguna de las características “privilegiadas” el poco valor asignado dañara inevitablemente su autoestima desencadenando sentimientos de inferioridad difíciles de superar, especialmente por su impotencia para cambiar estas características.

El atributo personal más altamente apreciado en nuestra cultura es el atractivo físico. Hoy se tiene fascinación por la sensualidad en sus diferentes formas, se premia la belleza y se castiga la fealdad.

Si la belleza es en la sociedad actual el ingrediente principal de la autoestima y del valor personal, la segunda característica más importante es la inteligencia. Ambas características se encuentran en la cumbre de nuestro sistema de antivalores.
Cuando un niño no posee inteligencia o belleza física, los padres experimentan a menudo sentimientos de culpa y desilusión, sin meditar que el hijo es un magnífico ser humano, una persona única y especial. Los padres buscan que su hijo esté “calificado” para que sea un motivo de orgullo personal.

De no cambiar la manera en que estamos valorando a nuestros hijos, y en general al género humano, el resultado seguirá siendo generaciones de víctimas emocionales que se perciben como seres sin valor en el equipo de los “perdedores”. Especialmente los niños son las víctimas más vulnerables, pues son muy jóvenes para comprender por qué son medidos con esta escala arbitraria. Paradójicamente no sólo los niños que carecen de estas características serán negativamente afectados, sino también aquellos que las poseen.

Cada uno de nosotros debe asumir responsabilidad e interiorizar una nueva escala de valores, que no este basada en estos atributos, sino en el ser mismo, cualquiera sea su condición, así, al hijo se le amará por el simple hecho de ser hijo, sin importar las características personales.

En la confusión de un mundo con los valores alterados no vasta que el hijo sea un niño promedio. El hijo debe triunfar, sobresalir, debe ser el primero en su edad, en lograr ciertas destrezas, debe obtener calificaciones magníficas en la escuela y asombrar a todos por su inteligencia, además de ser el atleta más destacado, el mejor vestido, el más educado y el más culto. Mientras tanto, en el secreto del silencio los niños van formando su propio criterio de quienes son ellos realmente.
Es necesario recordar que la realidad es distinta, los niños de bella presencia (de acuerdo al concepto actual de belleza) y los muy inteligentes (de acuerdo al sistema actual de educación) son “excepciones”. La inmensa mayoría de niños son simplemente niños, con una enorme necesidad de que se les ame y se les acepte tal como son.

El barrio y la escuela se convierten en lugares donde ellos experimentan momentos desagradables al ver sus habilidades expuestas a un sistema de evaluación que no es justo a su realidad particular. Cuando los niños comiencen a enfrentar este tipo de presión, deben estar preparados.

Los padres deben quitarle de encima la presión que quiere aplastarles, cuando no tienen las suficientes cualidades para destacar, concentrándose en los puntos fuertes del niño y hablando siempre bien de ellos.
Hay cosas en la vida que son más importantes que sacar las mejores calificaciones y la apariencia física; el valor que tiene su hijo como persona debe ser lo más importante.

Una de las principales metas que todo padre debe tener, es ayudar a su hijo a aprovechar al máximo su potencial intelectual, sin que sacrifique su valor personal.
Las personas valemos por lo que somos y no por nuestra apariencia o logros.

Todos los niños tienen derecho a mantener su cabeza erguida, no con orgullo, sino con SEGURIDAD Y CONFIANZA.

El arte de hacer un buen trabajo como padres, se inicia con la habilidad fundamental de poder colocarnos detrás de los ojos del niño, ver lo que él ve, sentir lo que él siente y anhelar lo que él anhela. Y es entonces, cuando somos capaces de enseñarles a creer en sus propios sueños, animarlos a ser perseverantes y luchadores, y ayudarles a quemar las etapas de la vida.

El éxito de la relación entre padres e hijos depende de la habilidad de percibirlos correctamente.

Todos los niños son creados y provistos de valor personal, y tienen derecho a ser respetados y considerados como dignos. El uso apropiado de la influencia y dirección de los padres, provee a los niños la fortaleza interna necesaria para superar los obstáculos con que se enfrentarán.

El hogar debe ser un lugar de refugio y protección para el niño, donde el padre y la madre puedan mirar a su hijo que es feo o con claras deficiencias mentales con admiración, amor y respeto. Unos padres capaces de poderle decir: “No sólo te amo, sino que reconozco tu inmenso valor como ser humano y te respeto por eso”.

Gran parte del concepto que su hijo tiene de sí mismo se desarrolla como resultado de la manera en que el niño cree que usted lo “ve”; está atento a lo que dice e incluso percibe sus actitudes no expresadas y tal vez inconscientes. El niño que está convencido del amor y respeto de sus padres hacia él se inclina a aceptar su valor personal.

El niño en algunas ocasiones sabe que lo aman y que es importante para sus padres, pero también percibe cuando no están orgullosos de él, que no es lo que sus padres esperaban. No se siente aceptado, cuando contestan por él para evitar que les haga pasar un ridículo, o cuando lo estigmatizamos con un sobrenombre que le descalifica.

El respeto ayudará a los hijos a contrarrestar los insultos que inevitablemente recibirá al crecer.
Enseñe a su hijo a no practicar la autocrítica, a valorarse y a siempre hablar bien de él mismo. El no tiene que excusarse por sus deficiencias ya que no produce resultados positivos. Simplemente debe sentirse bien con él mismo y le será más fácil lograrlo cuando se sabe aceptado.
Es importante escucharlo con amabilidad y compasión en lo que el considera sus fracasos y ayudarlo a resolver la causa fundamental del problema.

Ayude a su hijo descubrir y desarrollar sus puntos fuertes:

-Al descubrir los puntos fuertes y aceptar sus debilidades le permite a su hijo sacar mayor provecho de las oportunidades que la vida da.
-Los niños necesitan vencer los sentimientos de inferioridad que surgen al enfrentarse a un ambiente que intentará minimizarlo, o ridiculizarlo. Su hijo necesita saber que es bueno en algo.
-Todos necesitamos sentirnos valiosos, útiles y capaces de llevar adelante retos y desafíos, por lo que, entre mejor se conozca su hijo y desarrolle sus fortalezas, le será más fácil aceptar sus debilidades.
-La realización personal surge de la necesidad de compensar nuestras debilidades.
-Motive a su hijo a que reconozca, acepte y valore sus puntos fuertes. Luego facilite el camino para que comience a ejercitarlos.
-La mejor arma que tiene su hijo para combatir los sentimientos de inferioridad, es desarrollar sus fortalezas.

Ayude a su hijo a desear superarse:

Nuestra sociedad vive en una competencia constante, todos quieren ser mejor que los demás. Principalmente los varones tienen más arraigado este deseo de ser competitivos. Nuestros hijos necesitan reconocer que nadie es mejor que el otro porque le ganó, o porque le venció. Somos mejores porque hoy somos mejores que ayer, somos buenos cuando independiente de la marca obtenida o de la calificación di mi mejor esfuerzo.

La mejor forma de ayudar a que su hijo sepa vivir en un mundo competitivo, es atendiendo sus necesidades y facilitar el camino para que pueda desarrollar sus habilidades y un gran amor propio.
Debe mostrarle a su hijo que el camino a la superación personal, es la competencia que tenga con él mismo en la carrera de superar con esfuerzo sus propias marcas, mientras disfruta la conquista de cada uno de sus logros.

Enseñe a su hijo a ser generoso y bueno con sus semejantes:

El adulto debe enseñar el amor, la bondad y la dignidad hacia las otras personas. Debe enseñarle a identificarse con las necesidades de los demás, a ser compasivo con el que sufre, con el que se siente débil y rechazado, esto permite que su hijo facilite un clima de armonía y menos agresivo donde quiera que esté.

No lo sobreproteja y evite la dependencia:

Un niño jamás aprenderá a caminar si mientras lo hace no se le permite caerse.
Es necesario inculcar responsabilidades acorde a su edad. Ejemplos: Dormir toda la noche en su habitación, alcanzar las cosas que quiere, aprender a caminar, asear su habitación, realizar la tarea, etc.
Si el padre nunca le transfiere responsabilidades a su hijo él desarrollará una dependencia que puede retrasar su proceso de madurez.

La mejor manera de preparar a un niño para que se convierta en un adulto responsable es ayudándolo a asumir responsabilidades poco a poco en la medida en que pueda encargarse de ellas. 



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